Creación chamánica

Creación chamánica
Abrazo indálico

Por Juliana González Molina

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tiempo de amar las raíces

La principal relación que hay que sanar es la del masculino y el femenino internos. Hace demasiado tiempo la balanza entre ellos se desequilibró. No sabemos muy bien por qué. Parece que en alguna encrucijada de nuestra historia dejamos de adorar el aspecto femenino de Dios. Quizá por temor, quizá por subvaloración, quizá por una idealización extrema de la virilidad, quizá a causa de una guerra cósmica. Lo cierto es que pasamos de honrar a la divinidad presente en el agua, en el fuego, en los animales y en todos los seres vivos que poblaban la tierra a adorar en extremo divinidades idealizadas existentes en cielos lejanos y sólo accesibles a unos pocos.

En un principio, la humanidad primitiva fue una con la madre, una con sus ciclos y ritmos, una con su pulso sagrado. El arte fue el canal mágico que hallamos para comunicarnos con ella, fue un instrumento sagrado para expresarle todo nuestro amor, toda nuestra gratitud, todo nuestro respeto, fue una corona de fuego que el Gran Misterio nos otorgó para asumir con responsabilidad nuestro preciado lugar de ser guardianes de la vida en el planeta. En algún momento esa conexión se descuidó. Siendo la tierra la energía femenina más poderosa a nuestro alcance, descuidamos a su vez la conexión con nuestra propia feminidad interior.

En Grecia, cuna de la civilización occidental, ya vemos un culto exacerbado a lo viril, así como una negación de la mujer en el arte y la estética. De ahí en adelante se impone el carácter masculino en nuestra relación con el arte y con la vida. Poco a poco vamos olvidando la magia y el ritual en nuestras creaciones artísticas, para dar a paso en ellas a la búsqueda de un ideal de perfección que está a años luz de nuestra cotidiana existencia. El ideal siempre está más allá. El arte se vuelve de pronto una carrera por llegar a ese más allá, una carrera en la cual ya no todos tienen cabida, sino tan sólo quienes cultivan en extremo lo luminoso, lo expansivo, lo racional, lo visible, lo concreto, lo individual, y demás rasgos presentes en la masculinidad. Lo oculto, lo invisible, lo colectivo, lo implosivo, lo emocional dejan de tener importancia, pues el cultivo de la naturaleza femenina le resta mérito al ideal particular, retarda la llegada a la propia verdad. Cada cultura se centra en alcanzar su propia verdad, y por correr en pos de esta verdad, se separa de sus hermanas. Lo mismo ocurre con los artistas, para quienes muchas veces la búsqueda de su creación ideal los termina aislando de sus congéneres.
Sí, la separación fue necesaria en nuestra Historia para que pudiésemos fortalecer el yo, la identidad particular, es comprensible, así como es comprensible que el adolescente se separe de sus padres impulsado por el ferviente deseo de encontrarse a sí mismo. Pero ha llegado el tiempo de la madurez, el tiempo de reencontrarnos con nuestro origen, para amarlo y respetarlo, así como el adulto retorna a sus padres porque reconoce que ellos son sus raíces y que si un árbol niega o rechaza a sus raíces jamás gozará de una tierra firme en este mundo. Hoy la vida nos hace conscientes de que la separación duele, los buenos vientos que soplan en la actualidad nos recuerdan que la identidad particular procura restablecer su equilibrio armónico con la identidad colectiva para que la humanidad pueda abrazar su edad adulta.
Las naciones indígenas de todo el mundo, las culturas ancestrales, que son nuestras raíces, han preservado los conocimientos y las prácticas sagradas que regulan un equilibrio armónico y equilibrado con la tierra, nuestra madre. Ellas han seguido relacionándose con el arte y con la poesía desde la naturaleza femenina. Su saber y su sentir ha tenido el valor y la resistencia de preservar la presencia femenina de Dios en todo lo que vemos y somos. Ellas son ese niño que olvidamos, ese niño que dibujó en su cuaderno a su padre, a su madre, a sus hermanos, por el sólo goce de expresar su amor, sin esperar ninguna retribución, ninguna recompensa. Ellas son ese poeta inocente que hemos abandonado en algún rincón del corazón y que en las noches llora pidiendo un abrazo, son ese poeta original que nos recuerda: el arte es la fiesta que nos alegra la vida, es simple, es cotidiano, no es para luchar, no es para sufrir, es para jugar, es para celebrar, es para compartir.

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Canto, poesía, mito y divinidad interior