Creación chamánica

Creación chamánica
Abrazo indálico

Por Juliana González Molina

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tiempo de mariposas

La humanidad desequilibrada, soberbia y autodestructiva que ha dominado nuestro mundo desde hace miles de años está muriendo. Muere la separación entre las razas, entre las culturas, entre los credos, entre los individuos. Mueren las jerarquías, los gurús y sus rebaños, las verdades absolutas, las pirámides de poder, la esclavitud, las religiones institucionalizadas, el arte para una élite, la riqueza en manos de unos pocos, las manzanas prohibidas, el látigo y el puñal, la concepción del pecado. Muere la desigualdad entre el hombre y la mujer, entre el ser humano y la naturaleza, entre Oriente y Occidente, entre el norte y el sur, entre los pueblos "desarrollados" y las naciones "en vías de desarrollo".

Descubrimos ahora que el tan anhelado desarrollo nacía de una raíz enferma, de una manera enferma de amar. Tomamos conciencia de nuestra gran caída, algunos con sentimiento de culpa y otros con cierta vergüenza. La caída no nació en la manzana que mordió Eva, la caída nació cuando el hombre y la mujer míticos dejaron de hacer el amor y comenzaron a preguntarse quién manda a quién, ésa fue nuestra gran caída: cambiar la sexualidad sagrada por el sexo sin amor, cambiar el juego divino de fundir nuestras almas y nuestros cuerpos en el sol de la totalidad por el hambre del ego que sólo exige la gratificación inmediata del yo sin tener en cuenta al otro.

Descubrimos ahora que los antepasados que olvidaron cómo reverenciar su humanidad compartida, reprodujeron los vicios de sus malas relaciones a sus propios hijos, nietos y bisnietos; y que los hombres y mujeres de hoy en día seguimos repitiendo de manera inconsciente estos vicios impresos en nuestra memoria genética. Aceptamos por fin que la única forma de liberarnos de las cadenas que nos atan a las páginas rojas de la Historia es ayudarlas a morir en paz.

La muerte no es fin sino cambio y transformación. La muerte es tránsito, es mudanza, es el paso de la oruga a la mariposa. Sólo el amor nos permite morir y renacer en paz. Sin amor estaremos condenados a repetir la vieja historia de nuestros antecesores una y otra vez, sin amor seguiremos viviendo en el autoengaño de unas alas de oropel, sin amor sólo seremos pájaros enjaulados y jamás aves de poder. El amor es la medicina que precisa la oruga de la vieja humanidad para dar vida a la mariposa de luz de la nueva humanidad.

La creación chamánica nace del amor entre nuestro masculino y nuestro femenino internos. Ahora sabemos que si ellos están heridos nuestras obras creativas nacerán heridas, que si ellos viven en conflicto nuestras creaciones reproducirán ese conflicto en el mundo exterior, que si ellos se evaden o se niegan el uno al otro nuestros sueños creativos no lograrán materializarse en obras concretas. Ahora sabemos que cada día es preciso morir y renacer de nuestras propias cenizas, como el ave fénix.





Tiempo de fundar una nueva realidad

La creación chamánica es un movimiento de renovación y apertura de la creación artística americana, que nos invita a asumir la gran responsabilidad de gestar el mundo nuevo, primero creándonos a nosotros mismos, como un hombre nuevo, como una mujer nueva, libre de los errores del pasado.

Es América la tierra destinada a dar a luz a la promesa de la nueva humanidad. Así lo vienen anunciando, desde hace décadas, nuestros poetas y abuelos indígenas, que han sido y serán siempre nuestros más auténticos profetas. Pablo Neruda, José Martí, Lezama Lima, Walt Whitman, Jorge Luis Borges, Silvio Rodríguez, Gioconda Belli, William Ospina, Violeta Parra, María Sabina, todos ellos le han cantado a un mismo sueño: América unida, patria donde nace la libertad, tierra que pare al ser humano completo, íntegro, total.

"El destino de América -tal como lo expresó el escritor mexicano Alfonso Reyes hace varias décadas-, comienza a definirse a los ojos de la humanidad como posible campo dónde realizar una justicia más igual, una libertad mejor entendida, una felicidad más completa y mejor repartida entre los hombres". En visión de América, Alejo Carpentier se anticipa a una geografía del hombre libre. Es la selva, para él, el lugar de la promesa, de lo porvenir."Todo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo -recuerda Lezama Lima-, y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido". Es allí donde se encuentran nuestros poetas y nuestros chamanes, en el mito poético, raíz esencial de nuestra creatividad. Y se encuentran para recordarnos que nuestro mito fundante es el mestizaje, la síntesis esencial de todas las razas y todas las culturas.

Hace miles de años pueblos ancestrales de América del norte y América central ensoñaron con una nueva gente que nacería en nuestro continente, esta nueva gente fue nombrada en las profecías ancestrales como la tribu arco iris, y se predijo que aparecería sobre el pecho de la madre tierra cuando la humanidad hubiese llegado a su noche más oscura, su misión, nos recuerdan las abuelas y abuelos indígenas, sería recordarle a sus hermanos que la hora más oscura es justo antes del amanecer, y que el tránsito de la oruga a la mariposa no podríamos atravesarlo por separado, que sólo unidos compartiendo un mismo sueño y una memoria común podríamos cruzar el portal hacia el nuevo tiempo.

El grito de libertad que se oyó en toda América en la voz de la generación del sesenta y setenta, para más tarde perderse en los laberintos de nuestra historia, hoy encuentra el centro desde dónde rehacer la revolución, pero ahora hacia dentro, ahora comprendiendo que para cambiar el mundo primero tenemos que cambiar nosotros mismos. Hoy, después de años de escepticismo, volvemos a creer en nuestras potencialidades, en nuestra naturaleza indómita, en nuestra realidad mágica, en la incertidumbre de nuestro impredecible destino. Recobramos la esperanza en nuestra hermandad y volvemos a cantarla, ahora comprendiendo que el enemigo más temerario se encuentra en nuestras propias entrañas y que la batalla sólo finalizará cuando logremos estar en paz con nosotros mismos, cuando descubramos que el mundo interior y el mundo exterior son uno solo.

La creación chamánica integra estéticas, lenguajes, corrientes y movimientos artísticos de distintas épocas y de diferentes culturas. El llamado es a crear nuevos caminos en el arte y en su relación con la vida, caminos de vanguardia que fusionen el yo en la totalidad. La creación chamánica conduce a la hermandad entre todas las culturas, todas las razas y todos los seres vivos que habitamos el planeta. Pero ahora somos conscientes de que para hermanarnos con los otros es preciso estar bien enraizados a nuestra propia tierra. Sólo naciendo desde el corazón de nuestro propio territorio podremos establecer vínculos sanos, libres de dependencias, apegos, manipulaciones, servidumbres y autoengaños.


Tiempo de centro

Ahora sabemos que en los arquetipos de nuestra especie hay impreso un buen sueño de una nueva humanidad equilibrada, unida y en paz consigo misma, pero también sabemos que para poder encarnar este buen sueño es preciso liberar los rezagos de todas las pesadillas que nos atormentaron en el pasado. Lo que más nos pide la tierra en este tiempo es purificación. Nuestro ADN debe ser limpiado desde la raíz más profunda, toda la información que nos ata a los errores que cometió la vieja humanidad debe desaparecer.

Nuestra memoria genética debe estar limpia, como recién nacida. Nos preparamos para el gran nacimiento de la edad dorada, del quinto reino, de la tierra arco iris. Esta preparación exige un gran compromiso, ante todo con nosotros mismos. Todo se mueve muy rápido, adentro y afuera, todos los procesos de cambio se aceleran. Tanto movimiento nos hace sentirnos sin piso, de ahí la proliferación de terapias, ceremonias sagradas y todo tipo prácticas de sanación, de ahí que busquemos medicina en todos los lugares que prometen un camino de luz.

Ahora la vida nos muestra que el centro no está en nuestra relación con un maestro, con una escuela, con una pareja, con un grupo social, con un trabajo o con los bienes materiales que hemos alcanzado. Ahora recordamos que el centro está en la relación con nuestra propia divinidad interior, con en ese yo esencial, eterno y divino que mora en el jardín sagrado de nuestro corazón. La vida nos está mostrando que tenemos que aprender a sanarnos a nosotros mismos, porque en el porvenir todos seremos nuestros propios médicos, nuestros propios chamanes, nuestros propios maestros. No reinarán las jerarquías ni las pirámides de poder, sino los círculos sagrados y el respeto por la verdad de cada uno. No reinará la desigualdad porque cada persona habrá aprendido a gobernarse a sí misma, y todos tendremos las mismas oportunidades de realización personal.

La creación chamánica está integrada por hombres y mujeres medicina, por seres íntegros y completos que no dependen de nada ni de nadie para poder ser, por creadores y sanadores de sí mismos y del mundo en el que viven, por artistas y poetas que han hecho de sus propias vidas su más digna obra de arte. El porvenir no existe en el mañana, hay que conjurarlo en el Ahora.


Tiempo de amar las raíces

La principal relación que hay que sanar es la del masculino y el femenino internos. Hace demasiado tiempo la balanza entre ellos se desequilibró. No sabemos muy bien por qué. Parece que en alguna encrucijada de nuestra historia dejamos de adorar el aspecto femenino de Dios. Quizá por temor, quizá por subvaloración, quizá por una idealización extrema de la virilidad, quizá a causa de una guerra cósmica. Lo cierto es que pasamos de honrar a la divinidad presente en el agua, en el fuego, en los animales y en todos los seres vivos que poblaban la tierra a adorar en extremo divinidades idealizadas existentes en cielos lejanos y sólo accesibles a unos pocos.

En un principio, la humanidad primitiva fue una con la madre, una con sus ciclos y ritmos, una con su pulso sagrado. El arte fue el canal mágico que hallamos para comunicarnos con ella, fue un instrumento sagrado para expresarle todo nuestro amor, toda nuestra gratitud, todo nuestro respeto, fue una corona de fuego que el Gran Misterio nos otorgó para asumir con responsabilidad nuestro preciado lugar de ser guardianes de la vida en el planeta. En algún momento esa conexión se descuidó. Siendo la tierra la energía femenina más poderosa a nuestro alcance, descuidamos a su vez la conexión con nuestra propia feminidad interior.

En Grecia, cuna de la civilización occidental, ya vemos un culto exacerbado a lo viril, así como una negación de la mujer en el arte y la estética. De ahí en adelante se impone el carácter masculino en nuestra relación con el arte y con la vida. Poco a poco vamos olvidando la magia y el ritual en nuestras creaciones artísticas, para dar a paso en ellas a la búsqueda de un ideal de perfección que está a años luz de nuestra cotidiana existencia. El ideal siempre está más allá. El arte se vuelve de pronto una carrera por llegar a ese más allá, una carrera en la cual ya no todos tienen cabida, sino tan sólo quienes cultivan en extremo lo luminoso, lo expansivo, lo racional, lo visible, lo concreto, lo individual, y demás rasgos presentes en la masculinidad. Lo oculto, lo invisible, lo colectivo, lo implosivo, lo emocional dejan de tener importancia, pues el cultivo de la naturaleza femenina le resta mérito al ideal particular, retarda la llegada a la propia verdad. Cada cultura se centra en alcanzar su propia verdad, y por correr en pos de esta verdad, se separa de sus hermanas. Lo mismo ocurre con los artistas, para quienes muchas veces la búsqueda de su creación ideal los termina aislando de sus congéneres.
Sí, la separación fue necesaria en nuestra Historia para que pudiésemos fortalecer el yo, la identidad particular, es comprensible, así como es comprensible que el adolescente se separe de sus padres impulsado por el ferviente deseo de encontrarse a sí mismo. Pero ha llegado el tiempo de la madurez, el tiempo de reencontrarnos con nuestro origen, para amarlo y respetarlo, así como el adulto retorna a sus padres porque reconoce que ellos son sus raíces y que si un árbol niega o rechaza a sus raíces jamás gozará de una tierra firme en este mundo. Hoy la vida nos hace conscientes de que la separación duele, los buenos vientos que soplan en la actualidad nos recuerdan que la identidad particular procura restablecer su equilibrio armónico con la identidad colectiva para que la humanidad pueda abrazar su edad adulta.
Las naciones indígenas de todo el mundo, las culturas ancestrales, que son nuestras raíces, han preservado los conocimientos y las prácticas sagradas que regulan un equilibrio armónico y equilibrado con la tierra, nuestra madre. Ellas han seguido relacionándose con el arte y con la poesía desde la naturaleza femenina. Su saber y su sentir ha tenido el valor y la resistencia de preservar la presencia femenina de Dios en todo lo que vemos y somos. Ellas son ese niño que olvidamos, ese niño que dibujó en su cuaderno a su padre, a su madre, a sus hermanos, por el sólo goce de expresar su amor, sin esperar ninguna retribución, ninguna recompensa. Ellas son ese poeta inocente que hemos abandonado en algún rincón del corazón y que en las noches llora pidiendo un abrazo, son ese poeta original que nos recuerda: el arte es la fiesta que nos alegra la vida, es simple, es cotidiano, no es para luchar, no es para sufrir, es para jugar, es para celebrar, es para compartir.

Tiempo de magia, mito y poesía

La creación chamánica está enraizada en el arte primitivo, en el chamanismo esencial y en tradiciones terapéuticas ancestrales. Del arte primitivo retoma elementos como el lenguaje mitopoético, la epistemología mágica, la poesía oral, la expresión colectiva y el paradigma ecológico; del chamanismo esencial rescata el autodescubrimiento, la autoprotección, la automaestría, la autoproyección, como principios sagrados del creador-creadora original; de las tradiciones ancestrales recrea las ruedas de la medicina, los círculos de la palabra, la memoria oral y los cantos de poder.

Todo gran artista es en esencia un gran poeta, un gran mago y un gran mitólogo. Sin la poesía, la magia y el mito, las artes pierden la conexión con su raíz esencial. ¿Y cuál ha de ser el destino de una obra teatral, audiovisual o escrita, desprovistos de sus orígenes? ¿Qué ha de ser de un árbol que en vez de llevar sus raíces dentro de la tierra las exhibe en el cielo en búsqueda de tierras lejanas a la suya? Si bien la rueda del arco iris es una promesa de paz y hermandad entre todas las culturas y todas las razas del planeta, el lenguaje mágico y mitopoético es una promesa de paz y hermandad entre todas las artes. Su escritura invisible nos conecta con un paraíso creativo que en algún momento olvidamos, donde música, pintura, canto, danza y teatro, formaban parte de un mismo sueño colectivo, de una misma memoria tribal.

Para bien o para mal, los mitos nos guían. Son una explicación del mundo que representa una cosmovisión particular, un universo propio que al permanecer en el reino de la ensoñación de una colectividad adquiere un carácter genésico y mágico. Los mitos poéticos fundan nuevos mundos y realidades. No es casualidad que los mitos originarios de determinadas culturas hayan condicionado la manera de pensar, actuar y sentir de los hombres y las mujeres que las conforman. No es coincidencia que el pecado y la culpa sean un poderoso virus que extiende sus dominios en el inconsciente colectivo de Occidente. Recordemos que Adán y Eva es nuestro mito primario, el mito que ha orientado nuestra manera de amar y de crear.

Crear poemas míticos y retratos mitopoéticos es una manera de contribuir a la limpieza de nuestro inconsciente colectivo; nos purifica de los malos sueños y las pesadillas que nos persiguen y conjura el buen sueño que duerme en lo más profundo de nuestra alma. Creando poemas míticos fundimos nuestro sueño individual en un sueño colectivo, descubriendo así que nuestro yo esencial es un eterno nosotros. En las comunidades indígenas el mito es un conjuro, un consejo que le entrega el abuelo al aprendiz para mantener, corregir o reordenar su conexión con las leyes de la naturaleza y el cosmos. Es tiempo de que nuestras creaciones artísticas vuelvan a nacer de un mito que les otorgue un fundamento ecológico, ético y cosmogónico. Hemos traducido muchos mitos de diferentes culturas nativas, contribuyendo así a la comunicación intercultural y a la divulgación del conocimiento ancestral, pero ahora descubrimos que además de ello podemos apropiarnos de los principios esenciales de la mitología universal y crear a partir de allí nuestro propio mito.




Tiempo de "Taki"

Cada poeta, como cada chamán, tiene su propio canto. Lo que llaman en la cultura Inga el "Taki". En el hallazgo de este taki está nuestra realización. Nuestras obras creativas son enteógenas, al igual que la ayahuasca, el peyote, u otras plantas de poder. Enteógeno significa "Dios en mí". Dios se manifiesta de forma diferente en cada ser. No hay ninguna flor idéntica a la otra. Cada ser vivo contiene en sí mismo un perfume único e irrepetible en el jardín de la existencia. Cada yo esencial viene al mundo a cumplir una misión que nadie más puede realizar. Por eso a la voz interior le resulta imposible manifestarse cuando permitimos que identidades foráneas nos desplacen del lugar que nos corresponde dentro del universo o cuando estamos ocupando el lugar que no nos pertenece.

El taki surge en el momento en que aceptamos, honramos y reverenciamos nuestra soledad. Un solitario, nos recuerda Unamuno, un verdadero solitario es aquel que danza en medio de la plaza toda al ritmo de la música que él solo, merced a la soledad en la que vive, oye. El taki es volar solo en comunión perfecta con la totalidad. Las obras maestras que han alcanzado el triunfo de la inmortalidad lo han hecho porque sus autores se atrevieron a ser originales. Un Leonardo Da vinci, un Walt Whitman, un Tarkovski, han sido un gran desafío al condicionamiento social y cultural de su tiempo, han ido más allá de su época, para tornarse en profetas, en semillas de oro de una humanidad porvenir.

Ése es el reto que nos plantea la creación chamánica. No el llegar a ser un Davinci o un Neruda, sino precisamente el trascender el hábito de imitar y repetir lo que ya está. El reto de ser auténticos, originales, no sólo al pintar o al escribir, sino al cocinar, al caminar, al pensar, al sentir. La creación chamánica no está reservada tan sólo para quienes se dedican al oficio de artistas sino para todo aquel que asuma el riesgo de hacer de sí mismo una obra de arte. Un artista es alguien que expresa un punto de vista nuevo sobre la realidad, alguien que logra que los demás aprecien el mundo con los ojos del recién nacido. El goce estético, la expresión personal, la unidad formal, el dominio técnico, el profesionalismo, la imaginación, el carácter, la libre experimentación y la creatividad son parte integral de nuestras creaciones.
El hecho de sustentarnos en principios y prácticas ancestrales no implica volver a ser artistas primitivos ni negar los aportes del arte contemporáneo, el arte clásico, el arte moderno y el arte de vanguardia. La invitación es más bien a reconocer e integrar la esencia de todos los estadios que hemos atravesado, para así poder ascender al próximo escalón en paz con nuestra historia. Volver a la raíz, no para quedarnos allí, pues eso sería asumir una actitud edípica e infantil, sino para recordar cuál es nuestro origen, para caminar con memoria, para cerrarle la puerta al olvido. Volver a la raíz y más tarde ascender por el tronco y luego por las ramas, hasta quedarnos en la flor y en el fruto, para finalmente ser aroma de lo que vendrá.


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Canto, poesía, mito y divinidad interior